lunes, 26 de abril de 2010

¡TODO, DE VERDAD!


Carlos Aguilar
Para ser maestro, hay que ser antes un buen oficial, conocer el oficio en todas sus dimensiones y aplicarlo según las circunstancias.

Ante los Miuras, o eres un buen oficial o te vas al hule antes de que te des cuenta. Con estos toros no valen las posturitas, ni los sobrevalorados cambios de mano o trincherazos rectilíneos.

Ser maestro, está un escalón por encima, o debería estarlo, por que ahora a El Fandi, por ejemplo, también le llaman maestro.

Por eso los toreros “poderosos”, los que mandan en el escalafón, no quieren ni verlos. Estos son maestros de la filigrana, de lo bonito, de descargar la suerte y espatarrarse. Poderosos en elegir el toro bobalicón, dulce y noble, para poder expresar una tauromaquia sin contenido donde lo único importante es el continente.

El Fundi, es un maestro, lo demostró ayer una vez más en Sevilla, realizó a su segundo de la tarde una faena llena de conocimiento y de técnica. De saber de distancias y de momentos, cada serie tenía un sentido y cada muletazo era ejecutado según las condiciones del toro.
No vimos en toda la tarde una serie anodina y previsible, no estaban en la arena, ni el torero de faena única, ni el borreguito justo de fuerzas diseñado desde la selección para no dar problemas.

Rafaelillo, aún no es maestro, es un extraordinario oficial que está aprendiendo el oficio a sangre y fuego. No volviendo la cara nunca y creciéndose ante todas las adversidades que se le presentan. Da lo mismo que el Miura le ponga los pitones en el pecho reiteradamente o que sea imposible entrar a matar, por que le va a estar esperando. En el siguiente toro, no baja el listón y se entrega con las mismas ganas.

A mí estas actitudes me emocionan. No hay olés fáciles, de puro y manzanilla, hay olés silenciosos que a veces no salen, ahogados por la emoción y el congojo.

Juan José Padilla, es de los tres, el más ventajista, el que recurre al alivio como técnica para torear. Su tosquedad me aleja. Una cosa es no tener la estética como único fin, y otra muy distinta es parecerse más a un obrero destajista que a un torero.