martes, 6 de abril de 2010

DE OTRA ÉPOCA



Carlos Aguilar
Escribía Bergamín, en los albores de su vida: “Para hacer crónicas de guerra, para hacer críticas de toros, no hay que saber guerrear, ni hay que saber torear, hay que saber escribir”.


Cuando hablas con los profesionales taurinos, o mejor, cuando los oyes sin que se sepan escuchados, es muy común palpar el desprecio que sienten hacia los periodistas no afines o los aficionados exigentes: Para opinar de esto, “hay que ponerse delante”.

No respetaron, ni quisieron, al maestro Joaquín Vidal por que no se había “puesto delante”y por que no era incondicional de ellos, pero quieren con locura al fenicio más plus, aunque tampoco se haya “puesto delante”. Sus quereres y amoríos, van muy parejos a sus intereses. Son un círculo cerrado de abrazos y parabienes que muchas veces –Daniel Luque, por ejemplo- forman un bosque que no les permite ver el árbol.

Comprendo a los toreros, en parte. Se juegan la vida tarde tras tarde -por muy manipulado y pequeño que sea un toro, lleva en sus genes la muerte de su oponente-, y es duro darse cuenta que fuera de ese cÍrculo de intereses comunes, nada es igual.

Comprendo a los toreros, pero mucho menos a los que les rodean: les engañan, hacen que muchas veces crean que en ese pozo hay agua, cuando en muchos casos, sólo hay fango, insisten en el fracaso con la esperanza de recuperar lo invertido, o en el mejor de los casos, llenarse los bolsillos si el viento sopla a favor. Manipulan al toro, al torero y hasta al reloj de la plaza, si les hace falta.

Hablan bajito, al oído, mirando para uno y otro lado asegurándose que nadie les oye. Cambian cromos y trapichean en despachos sórdidos y sucios. Parecen de otra época. Todo para conseguir que cuando empiece la corrida, la verdad de épocas anteriores quede desvirtuada.

Si es verdad que todos nacemos originales y morimos copias, también debe de serlo, que muchos aficionados nacemos enamorados de la fiesta y morimos resignados.