martes, 16 de febrero de 2010

LA AFICIÓN MANDA



En unas fiestas, durante la etapa como alcalde de Fabriciano Galán, hace ya medio siglo, las escasas dimensiones de las reses que iban a ser lidiadas suscitaron la disconformidad del público, hasta tal punto que bloqueó el camino que habían de seguir para llegar al pueblo e incluso algunos se atrevieron a coger los toros por los cuernos (... y no es una forma de hablar, lo estoy diciendo en sentido literal). Un teniente de la Guardia Civil se acercó para llamar la atención a los implicados y, mientras exponía sus razones, la respuesta no se hizo esperar: "¡Que los soltamos!". Calculo yo que el teniente miraría al toro en cuestión y quedaría convencido ante lo contundente de la razón, pues lo cierto es que una comisión de concejales hubo de trasladarse a El Escorial en busca de otros novillos que colmaran las exigencias del público hoyanco.


Nuestros convecinos no se han percatado de que unas dimensiones más asequibles propician mejores faenas y mayor lucimiento, mientras que, por el contrario, los toros descomunales -cuya calidad no siempre va en proporción a su tamaño- pueden privarnos de contemplar buenas actuaciones de los diestros.

Casi todos los años hay algún nombre del cartel que comunica su repentina "enfermedad" poco antes de tener que venir a El Hoyo, en ocasiones coincidiendo con algún nuevo compromiso más rentable económica o profesionalmente, pero también a menudo justamente cuando se enteran de las proporciones del ganado con el que habrán de enfrentarse.

Hace bastantes años, uno de los toros que tenían que lidiarse era tan grande y tan avanzado ya de edad que los diestros pidieron un plus. Ya en la plaza, alegaron la dudosa reglamentariedad del animal para intentar eludir su compromiso, pero se les recordó ese "extra" aceptado y percibido y no tuvieron más que, por vergüenza torera -nunca mejor dicho- salir. A uno de los peones, el toro -al que, desde ese preciso instante, los ingeniosos espectadores bautizaron como "El Sastre"- lo desvistió en el centro del ruedo (bueno, lo de ruedo es un decir, porque la plaza antigua era rectangular, para mayor originalidad) pero no a cornadas, sino ¡a mordiscos! El siguiente osado que le citó desde lejos, antes de que pudiera casi reaccionar, tenía un cuerno así como a la altura de la pierna. Nadie se atrevía ya a medirse con un toro tan resabiado y al final cuentan que la situación hubo de resolverla por la vía expeditiva el sargento de la Guardia Civil, haciendo blanco con su arma en la frente del animal, que cayó desplamo ipso facto. Los más simpáticos no dudaron en otorgar humorísticamente al representante de la Benemérita una oreja por haber acabado con el temido animal.

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